Desde que tenemos la capacidad de comprender la inmensidad del cosmos, nos hemos hecho la pregunta más profunda de todas: ¿Estamos solos? El universo observable se extiende por más de noventa mil millones de años luz, albergando billones de galaxias, cada una de las cuales contiene cientos de miles de millones de estrellas. Muchas de esas estrellas tienen planetas. En un universo de números tan astronómicos, la vida parece un imperativo estadístico. Y, sin embargo, cuando apuntamos nuestros instrumentos al cielo, nos encontramos con un silencio profundo, vasto e inquietante.

Este es el corazón de la Paradoja de Fermi, el «Gran Silencio». Esta aparente contradicción ha impulsado durante más de sesenta años el campo de la Búsqueda de Inteligencia Extraterrestre (SETI). Tradicionalmente, SETI ha sido un ejercicio de escucha. Inspirados por la idea de que cualquier civilización avanzada usaría ondas de radio, hemos peinado los cielos con radiotelescopios gigantes, esperando captar un «Hola» cósmico. Más recientemente, hemos empezado a mirar, buscando destellos de láseres interestelares. Pero décadas de esfuerzo nos han dejado con las manos vacías.

Esta falta de resultados ha motivado a algunos científicos a plantear una pregunta diferente, una que cambia radicalmente el enfoque. ¿Y si las señales no están a años luz de distancia? ¿Y si la evidencia no es una onda de radio, sino un objeto físico? ¿Qué pasaría si, en algún momento del vasto pasado de la Tierra, una civilización hubiera enviado una sonda —una «botella en un océano cósmico»— a nuestro Sistema Solar? ¿Y si esa sonda… siguiera aquí?

Esta es la audaz premisa del SETI de Artefactos, una rama de la astrobiología que busca tecno-firmas físicas. Y ahora, un nuevo y fascinante estudio científico, titulado «A Cost-Effective Search for Extraterrestrial Probes in the Solar System» (Una Búsqueda Rentable de Sondas Extraterrestres en el Sistema Solar), propone un conjunto de métodos ingeniosos y, lo que es más importante, prácticos, para buscar precisamente eso.

Beatriz Villaroel
Dra. Beatriz Villarroel

El artículo, un preprint de investigación que aparecerá en la prestigiosa revista Monthly Notices of the Royal Astronomical Society (MNRAS), está dirigido por un equipo de astrofísicos y astrobiólogos de vanguardia. La autora principal es la Dra. Beatriz Villarroel, investigadora del Instituto Nórdico de Física Teórica (Nordita) en Suecia y del Instituto de Astrofísica de Canarias (IAC) en España. La Dra. Villarroel, que obtuvo su doctorado en Astronomía por la Universidad de Uppsala, es una experta reconocida en la detección de objetos anómalos y exóticos en el cosmos, un trabajo que le ha valido el prestigioso premio L’Oréal-Unesco «For Women in Science». Dirige el innovador proyecto VASCO (Vanishing & Appearing Sources during a Century of Observations), que busca objetos que han desaparecido de las placas fotográficas del cielo nocturno del último siglo, un proyecto directamente relacionado con esta nueva investigación.

Enrique Solano
Dr. Enrique Solano

Junto a ella trabaja un equipo internacional que incluye a Enrique Solano, Doctor en Ciencias Matemáticas e Investigador Científico Senior del Centro de Astrobiología (CSIC/INTA) en España. El Dr. Solano es un experto en el manejo de los volúmenes masivos de datos generados por los observatorios modernos, siendo una figura clave en los proyectos del Observatorio Virtual español y europeo. El equipo se completa con Wesley A. Watters (Wellesley College, EE.UU.), Alina Streblyanska (IAC), Stefan Geier (IAC/GRANTECAN) y Lars Mattsson (Nordita).

Su trabajo aborda la pregunta fundamental: si las sondas están ahí fuera, orbitando nuestro planeta, ¿cómo podríamos encontrarlas? ¿Cómo distinguir una aguja alienígena en un pajar que no solo es cósmico, sino que además está lleno de nuestra propia y creciente chatarra tecnológica? Su respuesta es una elegante estrategia de filtrado, un plan de cuatro puntos para limpiar el ruido y encontrar la señal.


Del «Hola» por Radio a los Visitantes Silenciosos

Para apreciar la novedad del trabajo de Villarroel y su equipo, primero debemos entender el camino que SETI ha recorrido.

El SETI Clásico

OBSERVATORIO FAST

La era moderna de SETI comenzó en 1959, cuando los físicos Giuseppe Cocconi y Philip Morrison publicaron un artículo histórico en Nature. Argumentaban que las ondas de radio en la frecuencia del hidrógeno neutro (1420 MHz) serían un «canal» de comunicación interestelar obvio para cualquier civilización tecnológica. Al año siguiente, el astrónomo Frank Drake apuntó el radiotelescopio de Green Bank hacia dos estrellas cercanas, iniciando la primera búsqueda.

Desde entonces, esta búsqueda se ha vuelto exponencialmente más poderosa. El Instituto SETI, cofundado por pioneros como Jill Tarter, ha utilizado telescopios como el Allen Telescope Array (ATA) para realizar búsquedas durante décadas. El gigantesco Telescopio Esférico de Apertura de Quinientos metros (FAST) en China se ha unido al esfuerzo. Y más recientemente, el programa Breakthrough Listen, dotado con 100 millones de dólares, lanzó la búsqueda más sistemática hasta la fecha, escaneando un millón de estrellas cercanas y 100 galaxias.

¿El resultado? Un silencio ensordecedor. No hemos encontrado ninguna señal inequívocamente artificial. Es importante entender lo que esto significa. No significa que no haya nadie, sino que no hemos encontrado a nadie que esté transmitiendo del modo específico que buscamos. Por ejemplo, los estudios de Breakthrough Listen han puesto «límites superiores» firmes: nos dicen que, dentro de 50 parsecs (unos 163 años luz), menos del 0.1% de los sistemas estelares albergan transmisores continuos que emitan en todas direcciones con una potencia superior a 1013 vatios (miles de veces el consumo total de energía de la humanidad). Es un resultado profundo, pero deja un vasto espacio de posibilidades sin explorar.

La frustración con el radio-silencio motivó una segunda estrategia: SETI Óptico. La idea es que los láseres ofrecen una comunicación mucho más eficiente y privada que la radio. En lugar de «gritar» al cosmos, una civilización podría «apuntar» un rayo de luz increíblemente potente. Por lo tanto, proyectos como LaserSETI y PANOSETI están desplegando redes de cámaras por todo el mundo para buscar pulsos de luz de nanosegundos en el cielo nocturno. Otra técnica consiste en analizar los espectros de las estrellas: un láser lo suficientemente potente que pase por delante de su estrella dejaría una «línea de emisión» monocromática, una aguja de luz de un solo color imposible de producir de forma natural. De nuevo, a pesar de las búsquedas ingeniosas, no se ha encontrado ningún candidato confirmado.

El Giro hacia los Artefactos: «Ya Están Aquí»

Este «Gran Silencio» ha empujado a los investigadores a revisitar una idea propuesta ya en la década de 1960: el SETI de Artefactos. La lógica es simple: la comunicación a través de distancias interestelares es difícil y lenta. Una forma mucho más sólida de transmitir información es enviarla físicamente.

El propio Carl Sagan especuló en 1963 que civilizaciones avanzadas podrían haber enviado sondas relativistas (cercanas a la velocidad de la luz) a nuestro Sistema Solar, y que la Tierra podría haber sido visitada hasta 10,000 veces a lo largo de su historia geológica. Pero ni siquiera se necesita una tecnología tan fantástica.

El artículo de Villarroel et al. nos recuerda que nosotros ya hemos hecho esto. Las sondas Voyager 1 y 2 y Pioneer 10 y 11 son ahora artefactos interestelares. La Voyager 1, que abandonó nuestro Sistema Solar en 2011, viaja con su Disco de Oro, un «mensaje en una botella» diseñado para ser encontrado. Aunque le llevará unos 77.000 años alcanzar la distancia de la estrella más cercana, demuestra que enviar sondas físicas es algo que una civilización joven como la nuestra ya hace. Un proyecto más ambicioso, el Breakthrough Starshot (ahora cancelado), investigó el lanzamiento de nanosondas a velocidades relativistas para alcanzar la estrella más cercana en solo 20 años.

Si nosotros hemos hecho esto, ¿por qué no otros?

Una civilización avanzada podría haber enviado una red de sondas robóticas por toda la galaxia, tal vez diseñadas para «despertar» al detectar signos de tecnología emergente (como nuestras transmisiones de radio). ¿Dónde estarían estas sondas? Podrían estar en la superficie de la Luna o Marte, o en asteroides. O, lo que es más intrigante, podrían estar «aparcadas» en órbitas estables y gravitacionalmente tranquilas cerca de la Tierra, tal vez en la órbita geosíncrona, donde podrían permanecer durante millones de años, intactas o desintegradas por el tiempo.

Esta búsqueda ha sido, como señalan los autores, «el camino menos transitado» en SETI, en gran parte debido a su abrumadora dificultad y coste. El problema se ha vuelto aún más difícil en el siglo XXI.


El Desafío Moderno: Cuatro Filtros para la Basura Espacial

El mayor desafío para el SETI de Artefactos hoy en día no es la tecnología, es la contaminación. En las últimas seis décadas, hemos lanzado miles de satélites. El espacio cercano a la Tierra está ahora atestado de satélites activos, satélites muertos y millones de peligrosos trozos de basura espacial (space debris), desde etapas de cohetes hasta motas de pintura.

Cualquier búsqueda de un objeto artificial no humano (NAO, por sus siglas en inglés) se enfrenta a un problema de «falsos positivos» casi insuperable. El cielo está lleno de destellos y objetos en movimiento que son nuestros. ¿Cómo diablos encontrar la aguja alienígena en un pajar de agujas humanas?

Aquí es donde el artículo de Villarroel et al. se vuelve brillantemente pragmático. Proponen cuatro métodos distintos para «filtrar el ruido», cada uno diseñado para aislar un tipo específico de candidato.

Método 1: Retroceder en el Tiempo (Imágenes Pre-Sputnik)

La solución más elegante al problema de la basura espacial humana es simplemente mirar en un momento en el que no existía. El artículo propone examinar imágenes astronómicas digitalizadas tomadas antes del lanzamiento del Sputnik 1 en 1957.

Existen archivos masivos de placas fotográficas de vidrio de observatorios como Palomar, Lick, Harvard y el proyecto Carte du Ciel, que datan de finales del siglo XIX y principios del XX. Si un objeto con las características de un satélite (como múltiples destellos en una trayectoria lineal mientras gira) se encuentra en una placa de, digamos, 1952, no puede ser nuestro.

Este método es el núcleo del proyecto VASCO de la Dra. Villarroel. El artículo informa que esta técnica ya ha arrojado «candidatos preliminares». En particular, un trabajo reciente de Solano et al. (en el que participan varios autores de este mismo artículo) encontró un «evento triple transitorio brillante particularmente desconcertante y convincente» en placas de Palomar del 19 de julio de 1952, donde tres «estrellas» aparecieron y desaparecieron en menos de 50 minutos. Sea lo que sea ese evento, no fue un satélite humano.

Método 2: Elevar la Mirada (Telescopios Espaciales)

La segunda estrategia es buscar en un volumen de espacio donde nuestra basura no se encuentra. La gran mayoría de nuestros satélites y escombros se encuentran en la Órbita Terrestre Baja (LEO) y la Órbita Geosíncrona (GSO), que llega a unos 35.700 km.

Si buscamos más allá de la órbita GSO, el campo está mucho más limpio. El artículo sugiere utilizar los conjuntos de datos existentes de telescopios espaciales como Kepler o, mejor aún, TESS (Transiting Exoplanet Survey Satellite). TESS, que busca exoplanetas, utiliza cuatro cámaras para observar el mismo campo de visión, lo que lo hace ideal para detectar eventos transitorios raros o simultáneos.

Esta técnica no encontraría una sonda «aparcada» cerca de la Tierra, pero es perfecta para buscar objetos en órbitas más lejanas en el Sistema Solar, lejos de nuestra contaminación. La desventaja es que los pequeños espejos de TESS limitan su capacidad para ver objetos muy débiles.

Método 3: Pistas por Colores (La Huella de la Meteorización Espacial)

Este método es quizás el más ingenioso para encontrar un artefacto muerto y antiguo que orbite la Tierra hoy.

La física: Cualquier objeto que pase millones de años en el espacio es bombardeado implacablemente por un «viento» de partículas de alta energía: rayos cósmicos, micrometeoritos y partículas del viento solar. Este proceso se llama meteorización espacial (space weathering). Sabemos por las muestras lunares y el estudio de asteroides que este proceso altera químicamente la superficie, reduciendo su reflectividad (su albedo) y, crucialmente, provocando un «enrojecimiento» del objeto. Una superficie metálica expuesta durante eones no parecería metálica y brillante; se volvería oscura y rojiza.

El método:

  1. Comenzar con los catálogos de todos los objetos conocidos en órbita terrestre.
  2. Filtrar esta lista para quedarnos solo con los objetos «no identificados», es decir, los que no están listados por el Comando Estratégico de EE.UU. (USSTRATCOM) como un satélite o pieza de escombro conocido. (El artículo admite que esto incluirá satélites militares secretos, un falso positivo a tener en cuenta).
  3. De este grupo de objetos «propietario desconocido», analizar sus colores y seleccionar, por ejemplo, el 5% más enrojecido.
  4. Apuntar telescopios a estos candidatos principales y tomar espectros de reflectancia.

La firma: Un espectro es como una huella dactilar química. El espectro de la luz solar reflejada en un objeto revela de qué está hecho. Si uno de estos objetos ultra-enrojecidos y desconocidos muestra líneas de absorción o emisión que sugieren «un material desconocido» o una composición que no tiene sentido para un escombro humano (como aleaciones metálicas exóticas), se convertiría en un candidato de primer orden para ser un artefacto extraterrestre antiguo.

Método 4: Usar la Sombra de la Tierra como Filtro

Este es el método en el que se centra el artículo para su «prueba de concepto». Es una forma brillante de eliminar el 99.9% del ruido de los satélites.

La lógica: La gran mayoría de los satélites y escombros que vemos no emiten su propia luz. Son visibles por la misma razón que la Luna es visible: reflejan la luz del Sol. Cada noche, la Tierra proyecta un gigantesco cono de sombra en el espacio. Cualquier objeto que pase por este cono de sombra se vuelve invisible… a menos que tenga sus propias luces encendidas.

Por lo tanto, la sombra de la Tierra actúa como un filtro perfecto. Si apuntas un telescopio a la sombra y ves un punto de luz, estás viendo algo que es auto-luminoso (emite su propia luz).

¿Qué pasa con nuestros objetos auto-luminosos? El artículo los analiza. Son raros y en su mayoría confinados a LEO. Incluyen cosas como láseres de comunicación (generalmente infrarrojos), luces LED para identificación o vuelo en formación, y las llamaradas de los motores de los cohetes. Estos son eventos conocidos y, en su mayoría, evitables.

La geometría de la sombra: La sombra no es un simple cilindro. El artículo explica (citando la Figura 1) que la sombra total, o Umbra, tiene un núcleo oscuro, el «dark full shadow» (DFS). Pero, críticamente, la atmósfera de la Tierra refracta (dobla) un poco de luz solar hacia el borde de la sombra, creando una «franja de refracción». Esta franja es débil, pero podría ser suficiente para iluminar satélites y crear destellos falsos.

Para estar seguros, los investigadores calculan un «cono de búsqueda seguro». A la altitud de GSO (35.700 km), el cono de sombra total tiene unos 8-9 grados de ancho. La franja de refracción es de unos 2 grados. Por lo tanto, para estar absolutamente seguros de que no hay reflejos solares, la búsqueda debe centrarse en objetos que estén a menos de 6 grados del centro de la sombra. Cualquier cosa que brille allí debe estar generando su propia luz.

El objetivo de la búsqueda es encontrar dos tipos de objetos dentro de esta sombra segura:

  1. Destellos de punto: Flashes breves de emisión intrínseca (0.2-0.5 segundos).
  2. Trazas (Streaks): Emisiones continuas de objetos que se mueven lo suficientemente lento como para estar claramente fuera de la atmósfera (descartando aviones y meteoros).

La Prueba de Concepto: Buscando en los Archivos ZTF

Una cosa es proponer un método y otra demostrar que funciona. La segunda mitad del artículo detalla exactamente eso: una búsqueda de prueba utilizando datos del Zwicky Transient Facility (ZTF).

El ZTF, ubicado en el Observatorio Palomar en California, es una poderosa cámara de campo amplio que escanea todo el cielo del norte cada pocas noches. Su trabajo es encontrar «transitorios»: cualquier cosa que cambie, explote, se mueva o desaparezca. Para ello, toma repetidas exposiciones de 30 segundos del cielo.

El equipo realizó dos búsquedas en los datos del ZTF.

Búsqueda 1: Muestra A (Inspección Manual)

Primero, el equipo obtuvo un conjunto de datos de «alertas de transitorios» públicas del ZTF, recopiladas entre 2019 y 2022. Filtraron esta lista para centrarse en los eventos más anómalos: transitorios de una sola vez, lejos del plano de la Vía Láctea (para evitar objetos astrofísicos como las llamaradas estelares), y que ocurrieron en imágenes que contenían múltiples (al menos 5) transitorios de una sola vez. Este filtrado les dejó 11.029 candidatos.

Luego, aplicaron su filtro principal: ¿Cuáles de estos 11.029 estaban dentro de la sombra de la Tierra?

El resultado fue sorprendente: 262 candidatos eran «transitorios en la sombra». Estos 262 eventos no podían ser reflejos solares de escombros.

El equipo los examinó manualmente uno por uno. La gran mayoría fueron descartados. Muchos eran simplemente asteroides conocidos que se movían de este a oeste a través del campo.

Pero un candidato, que se muestra en la Figura 4 del artículo, destacó como excepcionalmente interesante.

  • Las imágenes, tomadas el 11 de febrero de 2021, muestran un objeto (o quizás un conjunto de objetos) detectado tres veces en un período de 100 minutos.
  • Es un objeto real, visible en tres imágenes diferentes.
  • Está no catalogado: A fecha de abril de 2025, no aparece en la base de datos de cuerpos menores del JPL ni en el Minor Planet Center.
  • Se está moviendo rápido. Su velocidad aparente es unas 6 veces más rápida que la de un asteroide típico del cinturón principal, lo que sugiere fuertemente que está mucho más cerca de la Tierra.
  • Y, lo más importante: estaba en la sombra de la Tierra (a 4-5 grados del centro), lo que significa que era auto-luminoso.

El equipo intentó predecir dónde aparecería en una cuarta imagen tomada esa noche, pero, en un golpe de mala suerte cósmica, la posición predicha cayó exactamente en el hueco físico entre dos de los sensores CCD de la cámara, por lo que no pudo ser detectado.

Este es precisamente el tipo de candidato que la búsqueda pretendía encontrar: un objeto auto-luminoso, no catalogado y cercano a la Tierra. ¿Es una sonda alienígena? Imposible saberlo. Pero es, sin duda, una anomalía convincente que justifica un seguimiento.

Búsqueda 2: Muestras B y C (La Prueba del Filtro Automatizado)

La segunda búsqueda fue mucho más grande y automatizada. El equipo construyó un paquete de software personalizado llamado NEOrion (un nombre que juega con «NEO» de Near-Earth Objects y la constelación del cazador). Utilizaron NEOrion para analizar dos conjuntos de datos masivos:

  • Muestra B (La Búsqueda): 224.168 imágenes del ZTF tomadas dentro de la «zona segura» de la sombra de la Tierra (ρ<6.5∘).
  • Muestra C (El Control): 326.823 imágenes del ZTF tomadas muy fuera de la sombra, cerca del polo eclíptico, un lugar donde se sabe que los satélites glintes son comunes.

El software NEOrion procesó cada imagen, detectó cada fuente de luz, caracterizó su forma (para eliminar rayos cósmicos y otros artefactos), y la comparó con los catálogos de estrellas (Pan-STARRS) para etiquetar cualquier cosa «no coincidente».

Los resultados fueron un éxito rotundo para el método:

  • Trazas (Streaks): Encontraron numerosas trazas en la Muestra B (en la sombra), que se muestran en la Figura 7. El análisis reveló que la mayoría eran explicables:
    • Trazas largas que cruzaban la imagen eran meteoros (Fig. 7a).
    • Una traza (Fig. 7c) fue identificada como un probable asteroide heliocéntrico no catalogado.
    • Otra traza (Fig. 7b) era ambigua: su velocidad angular era coherente con un objeto auto-luminoso en una órbita de ∼20.000 km, o con un meteoro entrando en la atmósfera en un ángulo pronunciado. Esta ambigüedad es un punto clave.
  • «Trenes de Destellos» (Flash Trains): Estos son la firma clásica de los satélites humanos que giran y reflejan el sol, apareciendo como una línea de puntos de luz.
    • En la Muestra C (fuera de la sombra), NEOrion encontró fácilmente estos trenes de destellos. La Figura 8 está llena de ellos, demostrando que el software podía encontrarlos.
    • En la Muestra B (dentro de la sombra), NEOrion encontró CERO trenes de destellos.

Esta es la conclusión más importante de la prueba de concepto. El filtro de la sombra de la Tierra funciona. Eliminó con éxito el ruido de los satélites que reflejan el sol, demostrando ser un método increíblemente eficaz para limpiar los datos y dejar solo los candidatos auto-luminosos.


Próximo Horizonte: El Proyecto ExoProbe

oBJETO INTERESTELAR ARTIFICIAL

El trabajo de Villarroel et al. es una poderosa demostración de un nuevo y viable método en la caja de herramientas de SETI. La búsqueda manual encontró una anomalía muy convincente (la de la Figura 4), y la búsqueda automatizada demostró que el método de la sombra es un filtro de ruido soberbio.

Sin embargo, el artículo es también honesto sobre sus limitaciones. La principal limitación es que ZTF no fue diseñado para este trabajo. ZTF toma unas pocas exposiciones de 30 segundos de un campo y luego se mueve. Los eventos anómalos más intrigantes encontrados en placas antiguas (como el evento triple de 1952) ocurrieron en exposiciones de 50-60 minutos. Para tener una oportunidad real de capturar un fenómeno de este tipo o distinguir un asteroide de un transitorio múltiple, se necesitaría observar el mismo campo en la sombra durante al menos una hora con cientos de exposiciones consecutivas.

Además, la búsqueda reveló el problema de la ambigüedad de la distancia. Como mostró la traza de la Figura 7b, con un solo telescopio, es imposible saber la distancia de un objeto. Una traza en el cielo puede ser un objeto lento y lejano (una sonda en GSO) o un objeto rápido y cercano (un meteoro en la atmósfera). Sin conocer la distancia, no se puede confirmar un candidato.

Aquí es donde el artículo mira hacia el futuro, describiendo la solución: la triangulación por paralaje.

Este es el mismo principio que utiliza tu cerebro con sus dos ojos para percibir la profundidad. Si miras un objeto cercano y cierras un ojo y luego el otro, el objeto parece «saltar» contra el fondo. Midiendo ese «salto» (el paralaje), puedes calcular su distancia.

Para resolver el problema de la ambigüedad, el artículo concluye presentando el siguiente paso lógico: el proyecto ExoProbe.

  • ExoProbe será una red de telescopios, separados geográficamente, diseñados específicamente para esta búsqueda.
  • En lugar de un ojo, ExoProbe usará múltiples «ojos» para mirar el mismo punto del cielo en la sombra de la Tierra, exactamente al mismo tiempo.
  • Tomarán exposiciones muy rápidas (de ∼1 segundo), de forma continua, durante una hora o más.
  • Cuando aparezca un destello o una traza, será visto por todos los telescopios.
  • Si el objeto está muy lejos (como una estrella), su posición será idéntica en todas las imágenes.
  • Pero si el objeto está cerca (un meteoro, un satélite o una sonda), su posición aparecerá ligeramente desplazada en las imágenes de cada telescopio.
  • Al medir ese minúsculo desplazamiento de paralaje, el sistema podrá calcular instantáneamente la ubicación 3D precisa del objeto.

ExoProbe es la pieza «absolutamente esencial» que falta. Resolverá la ambigüedad de la distancia y pasará de «detectar anomalías» a «confirmar y localizar objetos». Podrá decirnos, en el acto, si un destello en la sombra es un meteoro a 100 km, un trozo de basura auto-luminosa a 20.000 km, o, tal vez, algo mucho, mucho más extraño.


La Búsqueda en la Oscuridad

Durante más de sesenta años, la búsqueda de inteligencia extraterrestre ha sido una búsqueda de señales distantes. Hemos tendido la oreja a las estrellas, esperando una voz en la estática cósmica. El trabajo pionero de Beatriz Villarroel y su equipo nos invita a considerar un nuevo paradigma, uno que es a la vez más humilde y más profundo. El gran silencio, sugieren, puede ser simplemente el resultado de que hemos estado buscando en el lugar equivocado.

El desafío ha cambiado. Ya no se trata solo de construir receptores más grandes para captar susurros a años luz de distancia. El nuevo desafío es forense: se trata de encontrar una aguja no humana en nuestro propio pajar tecnológico.

Este artículo científico no nos da la respuesta. Pero, de forma crucial, nos proporciona un conjunto de herramientas prácticas, rigurosas y rentables para empezar a buscar. Nos han dado un mapa y un filtro. El filtro es la sombra de nuestro propio planeta, una herramienta cósmica que podemos usar para limpiar el lienzo, borrando el deslumbrante ruido de nuestra propia civilización.

Su prueba de concepto con los datos del ZTF no solo demuestra que el filtro funciona a la perfección, sino que también ha revelado una anomalía genuina e inexplicable: un objeto auto-luminoso, no catalogado y rápido que se mueve a través de la oscuridad de nuestro vecindario cósmico.

Ahora, la antorcha pasa a la siguiente generación de instrumentos como ExoProbe, que utilizarán el poder de la triangulación para localizar estos misterios en tres dimensiones.

Este trabajo nos obliga a confrontar una posibilidad asombrosa. Quizás la evidencia de «otros» no está en las débiles señales de una estrella lejana. Quizás está aquí mismo, orbitando silenciosamente sobre nuestras cabezas, un visitante antiguo escondido a plena vista, esperando pacientemente en la sombra. Gracias a esta investigación, por primera vez, tenemos un método viable y científico para ir, por fin, a mirar.

Autores

  • Antonio comenzó a investigar los fenómenos anómalos desde muy niño, especializándose en la investigación ufológica. Su perspectiva ha sido siempre crítica y racionalista, aunque no negacionista. Piensa que cada caso debe ser investigado hasta sus últimas consecuencias, pero que eso no puede conducir a inventar respuestas, ya sea en uno u otro sentido. Pronto se unió al Consejo de Investigadores Ufológicos Españoles, donde aprendió las técnicas de la investigación de campo de veteranos como Ramón Navia. Antonio Salinas desarrolló el Proyecto CATAGRA, una catalogación sistemática de los avistamientos OVNI ocurridos en la provincia de Granada. Participó en la fundación de la S.I.B., desarrollando estatutos y reglamentos y toda la documentación necesaria.

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